Cuento: El Ateo

Nada me impresiona más que el ingenio humano, aún la propia naturaleza se queda pequeña comparada con la grandeza de lo que puede hacer el hombre. Estamos en pleno siglo XXI y todavía me maravillo de cómo una mole de treinta toneladas se eleva poderosamente por los aires transportándonos a la velocidad del viento de una ciudad a otra.

Allá abajo se ven las luces de la ciudad titilando. Las nubes van quedando abajo humilladas debajo de nuestros pies.

Ahora aparece el mar, allá abajo de las nubes, no es más que una gelatina azul.  La mole sigue desplazándose con fuerza rompiendo el cielo en dos.

Las aeromozas reparten vasitos de refresco, me asomo a la ventanilla, el cielo abajo se torna negro y ya no se ve el mar, ni la ciudad a lo lejos ni nada, volamos sobre una espesa capa negra. De pronto el avión tiembla como uno de los autobuses verdes de los años 70 que aún recorren Caracas. Ahora el avión cae unos 20 metros en forma horizontal y se tambalea un poco a la izquierda, todos gritan los refrescos se botan.

El capitán anuncia que nos hemos topado con una pequeña turbulencia, no le creemos lo de “pequeña”. Los pasajeros nos miramos los rostros unos a otros. Unos cierran los ojos, algunos lloran. Los niños preguntan qué pasa. Las máscaras de oxígeno se han disparado y cuelgan moviéndose alocadamente de un lado a otro. Cada uno la pone en su boca y nariz y respiramos “normalmente” como nos indicó la azafata cuando despegábamos.


No creo en más Dios que yo mismo, pero intuitivamente comienzo a rezar, oímos que se apagó una turbina. Ahora pido perdón a Dios:
—Perdóname, Dios mío, te prometo que si tú me salvas de esta me convertiré al cristianismo y le contaré a todo el mundo que tú existes.


El avión se endereza milagrosamente, hay esperanzas, estamos llegando al aeropuerto de donde despegamos. La gente no para de gritar, el avión toca tierra con sus dos ruedas traseras pero aun no estamos a salvo, tropieza con algo y gira como un trompo, vamos a estrellarnos contra un muro o contra otro avión en cualquier momento.


Sigo rezando, no puedo parar. Se me aflojan los esfínteres y repito:
—Si me salvas de esta, te juro decir a todos que existes.


El avión va bajando la velocidad con que gira alrededor de sí mismo y se detiene después de unos segundos que parecen una eternidad.
Abajo están los bomberos, la policía, la prensa. Vomito y me incorporo mareado. Todos bajamos del avión conmocionados. Yo estoy llorando y no entiendo bien por qué.

Me acuerdo de la oración que acabo de hacer. Aún no estoy seguro de si Dios existe, pero por si acaso elevo una última oración y digo:
—Dios, no sé si existes. Pero si es así, no tienes que salvarme nada. Ya aterrizamos y estamos todos a salvo.


Manuel Cedeño Carpio Twitter @cinecito