¿Por qué de niño no conversaba y ahora sí?

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Muchos padres se preocupan de por qué sus niños hablan poco, o incluso no hablan. No puedo hablarles de todos los casos, pero puedo contarles del mío. Tengo que advertir que mi diagnóstico es Asperger o, como se le conoce ahora en muchos sitios, autismo de alto funcionamiento; no autismo clásico puro que, aunque tiene denominadores comunes, es una cosa distinta.

De pequeño no conversaba con nadie, claro que sabía hablar y podía hablar; de hecho yo hablaba, pero no conversaba. Respondía o hacía preguntas concretas, podía pedir alguna cosa (sólo a mis padres), pero jamás conversaba. ¿Por qué?

Primero te contaré de lo que no se trataba: no se trataba de dificultad de pronunciación; tenía y tengo una buena dicción. Tampoco era desconocimiento de vocabulario; de hecho yo, al igual que la mayoría de los niños con Síndrome de Asperger, tenía un vocabulario incluso mucho más amplio que mis pares. En mi caso lo había adquirido, en gran parte, porque mi abuela, a los seis años de edad, me regaló la Biblia y pasó prontamente a ser mi libro favorito. En ella frecuentemente encontraba palabras que no conocía y las buscaba en el diccionario, y me hice rápidamente un vocabulario bastante amplio en comparación con mis compañeros. Pero ni todo este vocabulario ni mi buena dicción me servían para absolutamente nada en el mundo real. Para conversar fluida y amenamente, un niño necesita mucho más que buena dicción y buen léxico: necesita algo que yo no tenía y que apenas hoy ya adulto estoy empezando a comprender.

Por una parte, ahora que también he conocido a otras personas del espectro, entiendo que tenemos con frecuencia una necesidad especial de estar callados: valoramos el silencio y en ocasiones lo necesitamos.  A veces mi esposa me pregunta que por qué no hablo, que si estoy molesto, que si no quiero hablar con ella. Puede que alguna rara vez si esté molesto, pero no; generalmente, para mí es una presión tener que hablar todo el tiempo. El silencio es importante para mí porque me permite organizar mis ideas, pensamientos, planes, muchas veces callo para analizar las conversaciones de las demás personas, esquematizar discursos, conversaciones, planear diálogos con algunas de sus posibles versiones, interpretar y estudiar las interacciones y gestos de los demás, etc. Todo esto, que es un proceso natural o intuitivo en la mayoría de las personas, es un proceso totalmente consciente para mí.

De niño esto era más difícil que hoy por la novedad de todas las cosas, por la inexperiencia, por lo cual el silencio era mayor que ahora, pues habían cosas que no había aprendido, conocía menos del mundo y las personas y trataba, con más fuerzas que ahora, entender cómo reaccionar ante un estímulo comunicacional para convertirlo en una conversación fluida y natural. Trataba de entender el mecanismo necesario para llegar, no sólo a los oídos, sino a la mente del otro: «hacer click en el otro» … Nunca lo entendí del todo, pero inventé, mediante ensayo y error, estrategias alternativas que suplen parcialmente la afectación correspondiente y emulan bajo ciertas circunstancias el comportamiento de la persona común en este sentido.

Recuerdo que escuchaba (haciéndome el distraído) muchas conversaciones y aún lo hago a veces; las estudiaba, me hacía muchas preguntas en mi mente:

  • ¿Cómo hizo para que la otra persona sonriera?
  • ¿Cómo estimuló el intercambio?
  • ¿Qué hizo además de preguntar algo para que ella le hablara?
  • ¿Cómo cambiar el tema?
  • ¿Puede cambiarse?
  • ¿Por qué preguntó tal cosa si la respuesta es evidente?

Y así, un sin fin de cosas que meditaba cuidadosamente y trataba de entender.

Todo lo anterior me hacía más callado que ahora que conozco estrategias. Y he aprendido a identificar, estimular y manejar (hasta cierto punto) muchas situaciones.

Por otro lado, el miedo es otra de las razones por las cuales cuando niño no conversaba: los intentos fallidos de hacer contacto con otros niños, intentos que se estrellaban en la mayoría de los casos, contra una pared de indiferencia o con la burla. Las reacciones de mis pares ante mi trabajo comunicacional, la dificultad de entender cómo funcionaba todo ese proceso, generaron en mí pánico a ser ignorado, o a que me rechazaran o se burlasen de mí como en efecto me pasó muchas veces a corta edad. Este miedo, ahora que he diseñado muchas estrategias y más aún desde que conozco y asumí mi diferencia, es mucho menor y me permite conversar.

Asumí mi diferencia mucho antes de conocer de mi condición o de saber que existía algo llamado «Asperger». No entendía bien en qué consistía, pero la reconocí y este reconocimiento me ayudó también a conversar.

De una cosa estoy seguro, mientras más conozco de mí mismo, mejor me manejo. Ya prácticamente no hay miedo, soy más arriesgado y me atrevo a hablar permitiéndome ser yo. A veces algunos se ríen; otras se sonrojan; algunos se molestan; otros se asustan; a otros les encanta. Pero, sea como fuere, hoy puedo conversar y es una aventura estudiar las reacciones de los otros y tratar de entenderlas; pero lo entienda o no, siempre lo disfruto.

Finalmente, quiero contarte que ese niño que ayer no podía conversar con nadie, ni con sus padres, ni con sus compañeros ni con nadie, hoy es padre de familia, tiene un trabajo exitoso y da conferencias a donde quiera que lo llamen reconociendo que para Dios nade es imposible y que, si Él quiere, hasta las piedras hablarán.

Manuel Cedeño