El arbolito

0
319

El arbolito: Por Manuel Cedeño

A pesar de que Guarenas es una ciudad calurosa, el mes de diciembre del año en cual llegamos fue frío. En aquella época el recalentamiento global era un asunto de ciencia-ficción y en diciembre las temperaturas eran bajas al punto de que cuando hablábamos nos salía “humo” por la boca.

Yo tenía cuatro años de edad y como veníamos de vivir arrimados en una habitación de la casa de la abuela donde no teníamos televisor, además del “humo” que nos salía al hablar, había muchas cosas que aún no conocía y que jamás había visto. Pero no por ello mi mundo era simple. Estaba lleno de emociones, personajes y situaciones imaginarias que solo compartía con mi hermana María Luisa y que lo hacían colorido y complejo.
María Luisa era poco menos de un año menor que yo y la única persona con quien conversaba fluidamente, pero ni con ella compartía mis sentimientos, lo cual no quiere decir que no los tuviera.

Como era primera vez que nuestra familia nuclear tenía casa propia y televisor, y empezábamos a salir a pasear, todo era nuevo para mí. Era como si el mundo estuviese siendo creado ante mis ojos.

Una de estas cosas que aún no había visto era un arbolito de navidad. Un fin de semana de aquél diciembre salimos en familia para el parque El Trapiche donde el siglo antepasado hubo una hacienda de caña de azúcar de la cual queda todavía un trapiche gigantesco como testigo mudo de tiempos remotos que no volverán. Caminamos por todo el parque. Papá nos dijo que estábamos buscando un arbolito. Como en ese entonces mis padres no se habían profesionalizado éramos de condición económica muy humilde y no podíamos comprar uno.

Yo, tan literal como era, me imaginé un árbol como esos grandes que hay en los bosques pero del tamaño mío a lo sumo, y junto con María Luisa, corrí por todas partes tratando de toparme con uno.

Al fin papá se hizo de un tallo seco como de la altura de mamá que en ese entonces para mí era alta. Me extrañé de que llamaran arbolito a algo tan grande. Mi hermana y yo no teníamos idea de qué haríamos con ese “arbolito”.

Ya en casa y ante la curiosidad de los niños, mamá fijó el tallo enterrándolo en una lata de leche con tierra adentro forrada de papel de colores, rodeó la lata de cajas de zapatos envueltas en papel regalo y caminó unos pasos hacia atrás para ver desde el mejor ángulo cómo le estaba quedando su obra. María Luisa y yo estábamos felices. Mamá se acercó de nuevo y siguió trabajando.

El tallo se elevaba hasta más allá de la cabeza de mamá. Ella lo embardunó de pega blanca e hizo lo mismo con las ramas que salían de él. En la parte de arriba colocó algodón que se adhirió con la pega y lo esponjó pidiéndonos a nosotros que hiciéramos lo mismo con la parte de abajo. Nos divertimos un mundo.

Una vez vestido totalmente el árbol de algodón a manera de nieve, Mamá, con hilo blanco de coser colgó de las ramas unas bolitas rojas, amarillas y verdes, y lágrimas brillantes de los mismos colores en las cuales mi hermana y yo nos veíamos distorsionados y de cabeza, lo que nos hacía estallar de la risa hasta dolernos la panza.

Al rato la rama seca que trajimos a casa se había convertido con el amor de mamá en un arbolito cubierto de nieve y lleno de frutas mágicas que lo ponían a uno de cabeza. Como si eso fuera poco, mamá lo rodeó de una extensión de lucecitas de muchos colores y colocó una estrella roja y plateada en la parte más alta.

Yo estaba extasiado con aquel árbol mágico que había hecho mamá a partir de una simple rama seca que le dio papá.
—Así es el amor— me dijo ella, sin que yo le preguntase nada. Era de esas madres que oyen los pensamientos y a veces no necesitan palabras. Añadió: —lo feo y seco lo convierte en algo hermoso—. El corazón se me arrugó porque presagió que nunca más volvería a vivir un momento como ese.

Han pasado más de cuarenta años de aquel diciembre, ahora frecuento los centros comerciales más modernos del país y he visto en ellos arbolitos de todos los colores y tamaños, incluso vi uno del tamaño de un edificio de cuatro pisos adornado con piedras de swarovski que valen una fortuna; pero, juro que jamás he visto uno más hermoso que aquella rama seca que mamá transformó con su magia en navidad.

Manuel Cedeño @SoyAspie